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03 diciembre 2008

El Teletón o de cómo ser caritativos sin apagar el aire acondicionado

34 comentarios

Por Juana Jota

“la tele-caridad es inseparable de la excitación que procura la grandeza de los buenos sentimientos… en ocasión del Teletón, las donaciones fluyen a ráfagas, se recogen y se contabilizan… los récords logrados se muestran cada cuarto de hora: la caridad se ha convertido en uno de los más grandes, de los más mediáticos espectáculos contemporáneos apoyándose en la lógica de la hazaña.

Olimpiada de la beneficencia, maratón del corazón: hay algo de competición en estos shows filantrópicos que vibran a la espera de los récords, de la curiosidad de las realizaciones humanitarias, de la efervescencia de las acciones continuadas… el público de los shows de caridad no está cautivado por la moralización en sí misma sino por la espiral de los gestos del corazón, el espectáculo del trofeo de las donaciones, la excepcional diversidad y condensación de las personalidades generosas de sí mismas, el atletismo del compromiso de todos” (Gilles Lipovesky)


Una vez más, desde hace unos años, este fin de semana los habitantes de este País de Mierda (en adelante PdM) hemos asistido a una nueva edición de uno de los ejercicios de exploitation¹ más repugnantes inventados en los últimos años: la Teletón.

Pero empecemos por el principio. ¿Qué es la Teletón además de un desagradable ejercicio de lo que el filósofo francés Gilles Lipovesky llama la “tele-caridad”? La Fundación Teletón fue fundada hace 25 años por Mario Kreutzberger, un oscuro personaje cuyo nombre artístico no es otro que Don Francisco, artífice de engendros televisivos repulsivos diseñados para lo que en EEUU se conoce popularmente como “latinos”, en su mayoría imbéciles analfabetos que se metieron por la frontera hacinados en camiones con el único objetivo de limpiar sábanas sucias en hoteles yanquis y hablar maravillas de la “tierra de oportunidades” cuando son sistemáticamente tratados como basura descartable.

La brillante idea de Don Francisco fue llevar adelante “una maratón televisiva para recaudar fondos para la Sociedad Pro Ayuda del Niño Lisiado”, según dice en el sitio web. O sea, aumentar exponencialmente el rating de su patético Show de Don Francisco sin que se le cayera una idea, darse dique de buena persona y filántropo y hacer trabajar a cientos de personas gratis, todo mientras usaba de manera escandalosa a cuanto niño deforme, lisiado o retrasado encontraba por ahí.

Pero todo esto se hubiera quedado en Chile de no haber sido porque a algún reverendo imbécil se le ocurrió la brillante idea de traerlo a Uruguay con el auspicio de, en principio, dos de los canales privados (10 y 12). Pero la trascendencia fue tal que el canal 4 -siempre preocupado por la desgracia ajena desde todos los ángulos posibles-, vio que la cosa había sido un exitazo y también se trepó al carro. Y tres de los clanes más explotadores y mediocres que hay en este país, históricamente peleados para la tribuna y amigados cuando conviene, volvieron a unirse. Pero ojo, esta vez no es por plata... No no, es por una causa noble: los discapacitados. Una ternura, ¿no les parece?

Hasta ahora todo bastante repugnante pero muy ajeno, muy culpa de otros. Lo que motiva mi indignación no es ese aspecto sino el hecho de que lo realmente desagradable es el éxito que tiene el Teletón y la cantidad de gente que uno podría considerar “normal” e incluso “pensante”, que comenta compungida episodios que ocurren durante esa inmunda transmisión. Gente que asegura llorar todos los años, gente que se conmueve con historias particulares, con niños con parálisis cerebral y la épica historia de sus padres que POR SUPUESTO Y SIN EXCEPCIONES son pobres e ignorantes (ya sé, ya sé, me van a nombrar a la hija de Emiliano Cotelo y yo les voy a recordar que su madre es empleada de uno de esos canales, etc.). Porque la gente que tiene plata y una educación que le permite niveles mínimos de discernimiento, NUNCA es la que explotan en televisión para que todos demos rienda suelta a nuestro morbo y nuestra culpa reprimida.

Lejos de ser buena cosa, este tipo de programas o episodios de tele-caridad potencian la “caridad (palabra que de por sí es bastante asquerosa) indolora” o incluso la “ayuda con yapa”. La idea de que somos buenas personas si una vez por año compramos una hamburguesa (igual a la que comemos varias veces en esos 365 días) y con eso contribuimos al bienestar de niños enfermos de cáncer. O como en este caso, que si permitimos que una vez al año un grupo de infantes con enfermedades o situaciones que normalmente nos aterran, nos producen miedo y profundo rechazo, entren a nuestra casa a través del televisor -porque somos taaaaaannnn buenos y políticamente correctos que los consideramos tan normales y tan iguales a nosotros aunque sabemos en el fondo de nuestro ser que si supiéramos que vamos a tener un hijo así la mayoría no dudaría en hacerse un aborto-, todavía encima discamos un 0900 para donarles 150 pesos.

Todo esto mientras lloramos emocionados con sus historias de vida y acompañamos a Victoria Rodríguez, Petinatti e Ignacio Álvarez (rey de la exploitation uruguaya si los hay) en sus palabras de admiración hacia la fuerza de voluntad que transpiran las gestas humanas que relatan. Y por si fuera poco, podemos vibrar con el suspenso que conlleva ver si se llegó o no la cifra de dinero que antes de empezar el maratón se estableció como la meta (siempre superada ampliamente para reforzar la idea de que somos una sociedad buena y enormemente caritativa).

Cuando termina, seguimos frente al televisor mirando el programa de Tinelli con la misma actitud y el mismo morbo. Pero nos sentimos mejores personas, llenas de amor por nuestros congéneres aunque sean pobres y freaks. Y ese sentimiento es tan grande que no necesitamos reforzarlo saliendo del cómodo living con calefacción a remangarnos y renunciar a un solo fin de semana, a dos horas de nuestro ocio para ayudar a alguien en serio, para verlo de cerca, para tocarlo y, horror, que nos toque. Tan grande es el sentimiento que dura otro año dónde podemos permitirnos hacer de cuenta que nada de eso existe y esquivarlos en la calle mirando para abajo. Como una vacuna, la bondad inoculada por televisión dura 365 días. Exactamente hasta el próximo Teletón.

¹ En cine se llama exploitation film a una película que se promociona o se construye apoyándose en la explotación de temas que producen o potencian el morbo (sexo, drogas, escenas o personas en extremo bizarros, repugnantes, desagradables, etc.).

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