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23 enero 2007

Ryszard Kapuscinski

La leyenda del santo periodista
Por Verónica Abdala
Publicado en Página/12 (31.08.2002)
(Extracto)

Ryszard Kapuscinski ha sido considerado el mayor periodista del siglo XX, pero eso no significa que se tome a sí mismo demasiado en serio. De hecho, cuenta que se divierte leyendo a los críticos que opinan sobre sus obras, y que han llegado a compararlo con escritores como Gabriel García Márquez y Franz Kafka. Lo cierto es que a sus 70 años, el periodista polaco es considerado una leyenda viva por buena parte de sus colegas y lectores, entre ellos el propio García Márquez, Salman Rushdie y John Updike. Algunos de sus libros y artículos son en realidad ejemplares, tanto por las historias y testimonios con los que se involucran como por la precisión narrativa que los caracteriza. Por otra parte su escritura ha servido de modelo a quienes se esfuerzan por flexibilizar las barreras que dividen al periodismo, del ensayo, así como consideran que hay mecanismos y estructuras propios de la literatura. Acaso porque él comenzó escribiendo poemas, y según dice, fue contratado como reportero en los años en los que cursaba el secundario “porque en el marco de la guerra habían matado a todos los periodistas”, aborrece desde siempre de las distinciones entre géneros. “Sólo hay buenos y malos textos, más allá de lo que se está contando y de cómo eso se cuenta”, asegura.
Kapuscinski, al que el notable escritor John Berger definió como “un viajero genial, que probablemente conoce el mundo mejor que nadie”, pasó el último medio siglo reporteando y narrando lo que vio en Africa, Asia, Europa y América latina (...). Algunas de sus máximas para el ejercicio de la profesión: hay que investigar, y observar hasta conocer en profundidad la cultura que se pretende abordar, y leer todo lo que esté al alcance y más también, antes de ponerse a pensar de qué forma esos datos serán volcados sobre la computadora o el papel. La que postula es la vieja teoría de la punta del iceberg, que pocos han practicado como él: conviene conocer lo más posible, aunque se vaya a contar poco. Sólo de ese modo el periodista podrá arrogarse el derecho de escribir con cierta autoridad sobre una cultura, un fenómeno o una comunidad.
El aislamiento al que él mismo se sometió cada vez que tuvo que interiorizarse sobre las características de una cultura poco conocida lo pintan entero: llegó a estar cuatro años investigando sin telefonear a su mujer, bajo la certeza de que “cualquier contacto con la vida de uno, por más inofensivo que parezca, puede desconcentrar al periodista o influir sobre su percepción al respecto”. Eso es lo que hace que también viaje solo, y descalifique a los periodistas que suelen viajar en malón a cubrir las noticias. “Suelen arrebatarse unos a otros la información, o están más preocupados por competir o pasarla bien que por ver lo que los rodea”, sostiene. El polaco, además, puede llegar a devorarse una biblioteca antes de atreverse a opinar sobre determinada cuestión, o de iniciar el trabajo de campo, bajo la certeza de que el trabajo del periodista se asienta en dos patas que se complementan mutuamente: la acción y la reflexión, instancia esta última en la que juegan un papel decisivo los libros. Antes de emprender la investigación que conduciría a Ebano, su libro sobre Africa, de hecho, leyó doscientos volúmenes sobre el tema. (...) Según cuentan quienes lo vieron en acción, ni siquiera se sintió levemente intimidado cuando fue condenado a muerte y estuvo a punto de morir a causa de una malaria cerebral, en Uganda. Es que él, como bien definió un crítico español, “él es un tipo valiente, humilde y duro, que sabe que un mínimo de valor es preciso para vivir con dignidad. Que además no teme escuchar a los otros, y que, en fin, no se siente menos por tener que dormir, si es necesario, en el suelo”.

11 comentarios:

Prudencia dijo...

Una vez estaba en una librería discutiendo –medio en broma, pero no del todo- con alguien que me decía que es una ingenuidad pensar en practicar el periodismo honestamente. Por casualidad, saqué de un estante “Los cínicos no sirven para este oficio”, libro de Kapuscinsky que recién conocí en ese momento y que usé cual tarjeta roja para taparle la boca a mi interlocutor. Sin embargo, no estaba tan convencida como aparentaba. Fui periodista en Uruguay durante 11 años y dejé la profesión por causas totalmente circunstanciales, pero con cierto alivio y convencida de que es imposible trabajar de periodista durante un tiempo sin terminar convencido en un cínico, o en un completo imbécil (o en ambas cosas). O ya no te importa ninguno de los temas sobre los que escribís y terminás pensando “ma sí, que revienten todos”, o te convencés de que has llegado al mundo con la misión divina de iluminar a los humildes mortales no-periodistas señalándoles lo que está bien y –sobre todo- lo que está mal y poco menos que obligándolos a indignarse. Como resultado, uno termina siendo el instrumento de los intereses de otros, en el primero de los casos a sabiendas, en el segundo –mucho peor- involuntariamente. No dudo de la honestidad de Kapuscinsky, pero lo considero una excepción. No quiero caer en la mediocridad de decir: “Ja!, cubriendo una guerra cualquiera se llena de gloria, pero me gustaría verlo en los pasillos del Palacio Legislativo!”, pero la verdad es que no tengo la menor idea de cómo adaptar su ejemplo a la triste realidad cotidiana de los periodistas vernáculos.
(Perdón por la extensión. Y que quede claro que el comentario no justifica las bestialidades que se ven en la prensa todos los días; la honestidad es tal vez una utopía, pero el rigor no).

Anónimo dijo...

Me acabo de dar cuenta de que escribí Kapuscinski con "y" griega. Qué verguenza!

Daniela dijo...

Más de acuerdo, imposible. Kapuscinski consideraba que los "cínicos" eran aquellos y aquellas que ejercen el periodismo en la comodidad de ver desde fuera, los que trabajan para complacer al jefe o sus satisfacciones sin ver más allá de sí mismos, que no valoran su importancia como comunicadores o no se solidarizan. Dado el actual panorama periodístico nacional y casi que me animo a decir mundial (salvo escasas excepciones en ambos casos), no me queda más remedio que discrepar con él. Los cínicos sirven y además cobran por serlo.

Daniela dijo...

Y que conste que cuando hago mención a la "importancia como comunicadores" no me refiero al cuentito que muchos se tragaron de que su trabajo sirve para cambiar algo, sino a la responsabilidad social que implica llegar a cientos o miles de lectores/oyentes/televidentes y que debería (éticamente, claro está) y que supone ser algo prudentes antes de salir a decir cualquier gansada.

Prudencia dijo...

Yo me creí en un tiempo eso de “cambiar la realidad”, Watergate y todo eso; ahora me parece de una soberbia ingenua, o peligrosa. Y sin embargo, me resisto a creer que el periodismo no sirva para nada (esto es: para nada más que entretener o rellenar espacios entre anuncio y anuncio vendido). ¿Para qué sirve, entonces? La respuesta cantada -“para informar”- es demasiado vaga y se presta a manipulaciones. Hay casos de utilidad obvia: si la emergencia de un hospital está de paro, más vale que te enteres, de modo que si tenés un accidente vayas a desangrarte a otro lado. Pero ¿cuántas noticias de esas hay por día? La función de los medios como promotores y canalizadores del debate sobre temas de interés social está sobrevalorada; deberían existir, y probablemente existan, mejores mecanismos para eso. Y el papel de “fiscales” que permiten al ciudadano vigilar y eventualmente castigar a sus gobernantes ha sido tan utilizado para justificar cualquier aberración, que ya me suena a demagogia pura.

Daria dijo...

Estoy muy de acuerdo con la mayoría de las cosas que dicen tanto daniela como prudencia y también amo a Kapuscinski y me leí todos sus libros –“Los cínicos no sirven para este oficio” sigue estando en el mejor estante de mi biblioteca–. Por otra parte, no puedo evitar pensar que Kapuscinski hay uno solo y que no todos los periodistas podemos darnos los lujos que él –y no es peyorativo ni nada que se le parezca– pudo darse después de años de, es cierto, romperse el lomo con enorme talento. Pero no todos podemos hacer el periodismo que él hizo, aunque si creo que podemos tratar de hacerlo como él lo hizo, porque alguien tiene que informar sobre las cosas más, si se quiere, baladíes o de todos los días. Y creo que a pesar de que en general el periodismo en Uruguay es una mierda la mayor parte de la responsabilidad no le cabe, como se dice usualmente, a los dueños malos de los medios que te obligan a censurarte sino a los periodistas pelotudos y llenos de desidia a los que solo les interesa escucharse a sí mismos y sus tan importantes reflexiones.
En lo que no coincido con prudencia es en que informar sea un concepto vago, para mí no solo no es vago sino que es exactamente lo que define el laburo de un periodista, darle a la gente más material para pensar, no pensar por ellos ni decirles a donde ir. Yo no creo que los muchachos de Watergate hayan tenido como objetivo cambiar el mundo, creo que querían saber un poco más de la verdad, no toda porque es imposible, y a partir de lo que encontraron la gente decidió lo que quería hacer. Ellos no cambiaron nada, no estaban para eso. Y no me parece mal.
Termino porque se me fue largo.

Estoica dijo...

Yo sí coincido con Prudencia en la vaguedad del concepto de informar. No sólo se presta a manipulaciones, también permite generar mayor confusión y desinformación. No sólo cuenta la información en sí misma, también la forma en que es comunicada.

Es muy ingenuo creer que el laburo de un periodista es darle a la gente más material para pensar. Y más ingenuo aún creer que la gente por el sólo hecho de recibir información va a tener elementos para poder decidir que hacer. Daria tenés una visión desfigurada e infantil de como funciona el mundo.

Daria dijo...

“Con la revolución tecnológica, el periodismo es hoy un oficio de masas. Millones hacen periodismo, pero hay muy pocos periodista. La mayoría son trabajadores de medios. Enormes capitales llegaron a los medios porque la noticia se convirtió en un negocio. Sin embargo, siempre habrá buenos periodistas. En todos los países hay al menos un diario muy bueno, una radio con discusiones y una TV con informaciones. Porque siempre hay una parte de la sociedad que busca y se interesa” (Ryszard Kapuscinski)

No es una mala compañía para tener en el grupo de la gente que tiene una visión desfigurada e infantil de como funciona el mundo.

Marujita dijo...

Ya vemos que santo sí, pero no muy bien informado. Kapuscinski no conocía Uruguay.

Anónimo dijo...

Bueno, no caigamos en la descalificación personal. Además, no es cuestión de ingenuidad; incluso la visión más desconfiada y conspirativista de cómo funciona el mundo parte de la base de que el ocultamiento de información es un componente imprescindible de la manipulación. Entonces, informar(se) es necesario; nunca dije que no. La cuestión está en quién y cómo decide cuál es la información relevante, cómo encontrarla en medio del torrente de mierda que los medios vuelcan cada día sobre nosotros, cómo filtrarle el componente ideológico que con mayor o menor mala fe (o ingenuidad) le mechan periodistas, editores y dueños de medios, y un largo etcétera de cuestiones dificilísimas de resolver, si no imposibles, que son las que hacen que mire con escepticismo y amargura mi antigua profesión (no confundir con la profesión más antigua). Pero me parece buenísimo que haya gente más corajuda que yo y dispuesta a hacer el intento. Suerte en pila. Eso sí, más vale tener un plan B a mano: no tengo el libro cerca ahora, pero recuerdo que el propio Kapuscinski admite que son pocos los periodistas que llegan vivos y en ejercicio a la edad de jubilarse.
Firmado: Prudencia (maldito blogger, no quiero una cuenta de Google!)

ladino dijo...

El problema en todo esto es perder la perspectiva de que el periodismo es un oficio, y la tarea de cualquier periodista es informar del mismo modo que el carnicero debe cortar carne y el basurero recoger basura. Se llama ética y hace que el cerrajero no haga una copia extra de la llave de tu casa o el verdulero te deje escoger los tomates. Claro, como cualquier oficio se puede hacer con decencia o podemos agregar más grasa a la carne picada, porque después de todo sólo estamos estafando a los que confiaron en nosotros. Se puede hacer periodismo tratando de acercarnos con honestidad lo mas posible a la verdad, que siempre es esquiva. Y si no, piensen cuantas versiones hay en una familia de un hecho del pasado que incumba a varios de sus integrantes. Qué hace la gente con la información es problema de la gente, del mismo modo que después que le vendo la carne picada a doña Ramona será problema de ella si hace albóndigas o se la da al gato. Hay docenas de casos de investigaciones realizadas aquí en Uruguay con las que no pasó nada de nada. Y si no que le pregunten a la Barbato. Y otras han terminado en película, con final (casi) feliz como "En la puta vida". El problema real es que acá algunos que cobran como periodistas no sólo se acostumbraron a agregarle grasa a la carne sino que además se aplauden entre ellos por el resultado. Pretendidos informes hechos totalmente por teléfono; mails basura que se asumen como información seria, luego se consulta a una sola fuente y se publica como cierto....en tapa. No necesito ver la cara de la gente ni sentir el olor del lugar. Tampoco buscar ni siquiera en Internet a ver si alguien dijo algo respecto a lo que investigo. Todo empieza conmigo. Yo soy la vara que mide la realidad. Petinatti se dice periodista. El otro componente que ha desvirtuado la valoración del periodismo es la aparición de carreras universitarias que pretenden enseñarlo. ¿Saben dónde aprenden a trabajar los carniceros? En los frigoríficos. Y con esto directo a Ryszard Kapuscinski. No se trata de desestimar el trabajo de investigación para lograr una nota: leer 100 páginas para escribir una, dice el maestro. Pero no hay lugar del que él haya escrito donde no hubiera estado. El problema en todo esto es olvidar que un componente fundamental e ineludible del periodismo es conocer la realidad. Y para eso no hay universidad.